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CONTROLAR, CON OBSERVANCIA DE LOS PROCEDIMIENTOS

La calidad de servicios de vigilancia, prevención y control ha de consolidarse en la medida en que se cumplan, bajo normas de estricta observancia, protocolos de seguridad en cada objetivo, con el fin de asegurar a los clientes rigor profesional.

A la manera de un reglamento interno de trabajo, los protocolos deben adecuarse en términos operativos a la modalidad de vigilancia pertinente según la naturaleza del objetivo.

Se trata, en efecto, de procedimientos acordes a lo que se haya estipulado mediante contrato y, además, a las evaluaciones de riesgo efectuadas por especialistas en seguridad para detectar con precisión las necesidades de custodia para la protección de bienes y personas.

De acuerdo con lo que se prescriba según cada situación, las correspondientes áreas de la organización que presta el servicio de vigilancia deben verificar regularmente la correcta ejecución de los protocolos.

Además, se debe ejercer un control detallado sobre las tareas de los guardias, una de cuyas obligaciones en este sentido consistirán en consignar observaciones, requerimientos y sugerencias a través de reportes periódicos.

Establecidos formalmente, los protocolos implican una metodología clara y unificada sobre las reglas operativas que deben observarse en el servicio, permitiendo garantizar aún más las prestaciones de seguridad privada.

MEJOR GUARDIAS QUE CERCOS ELECTRIFICADOS

La convicción equivocada de que el control y la prevención que ejercen los vigiladores privados pueden ser efectivamente reemplazados por cercos electrificados no sólo ha provocado problemas: también es un asunto harto controvertible, por los riesgos que implican y sus alcances legales.
 
A pesar de ello, en viviendas residenciales, en countries y en barrios cerrados, cada vez crece más el pedido de instalación de cercos electrificados, convencidos de que de ese modo podrá evitarse que la ola de robos se extienda en los hogares. Pero, ¿están permitidos? ¿Son letales?                                                                 
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Quienes se encargan de proveer el servicio se refugian en los códigos Civil y Comercial de la Nación y Penal al afirmar que este tipo de muros es legal. Además, afirman que no son letales. Sin embargo, la Asociación Electrotécnica Argentina establece ciertas normas.
 
A diferencia de las alarmas convencionales, barreras infrarrojas y de microondas, sensores de movimiento y cables microfónicos que se activan una vez que el intruso ha ingresado al predio o la vivienda, este tipo de cercos constan de un tendido de cable de acero y un electrificador que transmite pulsos de alto voltaje, pero bajo amperaje que, al ser tocada, genera un doloroso choque eléctrico que aturde al invasor.
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Desde una empresa cordobesa, líder en el rubro, señalan que “los cercos, al no tener una corriente continua, no son letales”. “Además -remarcan- cuentan con una batería que garantiza su funcionamiento ante eventuales cortes de suministro eléctrico. También disponen de un sistema electrónico de monitoreo que activa una sirena en caso de que alguien tratara de cortar la alambrada. Se puede instalar un comunicador GSM opcional para que transmita la señal de alarma vía celular. Asimismo, se utilizan carteles que advierten de la presencia del alto voltaje”.
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Sobre el marco legal, desde esta empresa y otras explicaron que según el Capitulo 1, Sección 3, artículo 1718 inciso C del Código Civil sobre la legítima defensa, está justificado el hecho que causa un daño para evitar un mal, actual o inminente, de otro modo inevitable, que amenaza al agente o a un tercero, si el peligro no se origina en un hecho suyo; el hecho se halla justificado únicamente si el mal que se evita es mayor que el que se causa.
 
Además, en el Título V, artículo 34 del Código Penal, se establece que no son punibles aquellos que obraren en defensa propia o de sus derechos, siempre que concurriera, entre otras, la necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla. Se entenderá que concurre esta circunstancia respecto de aquel que durante la noche rechazare el escalamiento o fractura de los cercados, paredes o entradas de su casa, o departamento habitado o de sus dependencias, cualquiera que sea el daño ocasionado al agresor.
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Como quiera que sea, lo cierto es que no constituyen barreras efectivas para garantizar la seguridad integral, que de eso se trata, de un objetivo, cualquiera sea su naturaleza.
 
La presencia física de los guardias sigue siendo imprescindible.
(Fuente: Coterránea).

LA INSEGURIDAD DEMANDA VIGILADORES PRIVADOS

El incesante aumento de la delincuencia oficialmente registrada es un dato evidente, que objetiva una situación real de la vida cotidiana, más allá y por encima de la percepción subjetiva, que puede ser más o menos aproximada respecto de lo que ocurre en ese sentido.

A ese orden, la estadística sobre distintas variantes de hechos delictivos verificados en segmentos socioeconómicos de diferente nivel contrasta con las sensaciones de inseguridad, ese expediente remanido al que apelan una y otra vez los gobiernos de turno.

Por eso mismo, hay cada vez más motivos para necesitar de los vigiladores privados. La inseguridad se ha convertido en unos de los asuntos sociales más preocupantes y de mayor relevancia, en un contexto en que el Estado, por mucho que se esfuerce en el ejercicio del monopolio de la fuerza, no alcanza a garantizar, sin embargo, la cobertura integral para la protección de personas y de bienes.

Al fin de cuentas, lo que se pretende justificar, aunque finalmente resulte en vano, la insuficiencia de las fuerzas policiales para prevenir las situaciones de riesgo de las que se prevalecen los malhechores, a falta de vigilancia y control oficiales.